Escape de Cuba: El Viaje Nunca Antes Contado de Yasiel Puig a Los Dodgers

La impactante historia del jugador más polémico de las Grandes Ligas de béisbol
2326

Mucho dinero: En Cuba, a Puig le pagaban $17 por mes por jugar al béisbol; hoy en día, su contrato de siete años con los Dodgers le promete $42 millones. Fotografía por Getty Images

El 3 de junio de 2013, un año después de establecerse en este país, Puig se encontró en la alineación de los Dodgers por primera vez. Tenía el número 66 en su jersey, la extravagancia del gerente de la sede del clubhouse Mitch Poole, quien pensó que Puig, con sus modos frenéticos, era “como el Demonio de Tasmania”. La organización sabía que Puig todavía era un trabajo en progreso—él ya había obtenido el primero de sus arrestos, por conducir a 97 mph, mientras jugaba en Double-A Chattanooga esa primavera—pero los Dodgers estaban desesperados.  Más allá de la nómina de pago de $216 millones, el equipo estaba en el último lugar, con una alineación de numerosos jugadores lesionados.

Puig comenzó el juego contra San Diego Padres con un indiscutible con bate de cartón. Terminó el juego con un lanzamiento digno de una bazuca que envió a doble jugada en la primera base.  Al día siguiente pegó dos jonrones. Dos días después, descargó un grand slam. Al final del mes, Puig había amasado 44 hits, un debut superado únicamente por Joe DiMaggio. Instantáneamente, el principiante se convirtió en “diva” y en una “estrella de rock”, la maquinaria de la fama y el aficionadismo, inexistentes en Cuba, escrudiñando cada debilidad y lucimiento. No importaba si era un deslizamiento frívolo después de un jonrón “walk-off” o una salida de hombres en la Mansión de Playboy durante el descanso del Juego de Estrellas, Puig desató algo parecido a un referéndum sobre qué significa respetar el pasatiempo nacional. Ningún momento simboliza el espectáculo más que su batazo del tercer juego en la Serie de Campeonato de la Liga Nacional contra St. Louis: Después de haber volteado su bate y trotar hacia la primera base, de repente se dio cuenta de que la pelota había golpeado contra la cerca y necesitaba correr a toda velocidad, e incluso llego a la tercera, con tiempo para hacer un salto de conejo. “Debe pensar que todavía está jugando en otro lado”, dijo un irritado Carlos Beltran, veterano de Cardinals, después del juego.

La adoración y el festejo y la defensa se pusieron que un blog de deportes preguntó si “las facciones del Contraataque a Puig y la del Contraataque al contraataque a Puig” podían intentar llevarse bien. Incluso con este inicio tardío, para cuando terminó la temporada, la camiseta de Puig era la tercera más vendida de MLB.

La fascinación era inseparable del misterio. Cuanto más Puig cercaba su pasado, más grande crecía su leyenda. Él había saltado de la noche a la mañana del siglo XIX al siglo XXI, una experiencia familiar para varios en las comunidades de inmigrantes de L.A., y aún continuaba insistiendo en que su única preocupación, su único anhelo, era ayudar a ganar a los Dodgers.

Parecía que disfrutaba de la camaradería de sus compañeros, enfrentándose al lanzador Hyun-Jin Ryu en un simulacro de luchas de taekwondo y dándole bananas a Juan Uribe cada vez que el robusto jugador de tercera base daba jonrón (al menos hasta que los Dodgers, sensibles a cómo se percibiría el humor de Puig al martillar con éste al King Kong, le pusieron punto final a dicho ritual). Se mostró generoso también, con sus fanáticos, especialmente con los más pequeños, firmando gorras y posando con bebés en todos los lugares donde se juntaba gran cantidad de gente. Una noche del pasado octubre, de manera imprevista y sin anuncio alguno, Puig visitó el campo de la Little League del Noreste de Los Ángeles, en las colinas exactamente frente al estadio Dodger, y después de casi una hora de autógrafos y fotos, insistió en hacer una práctica de lanzamiento y bateo.

“Fue realmente impresionante”, expresó John Ver­gara, cuyo hijo de nueve años, Daniel, tuvo la oportunidad de devolver una calabaza lanzada por el mismo Puig. “He estado entrenandoen la Little League del Noreste durante 14 años aproximadamente, y no ha habido nunca un jugador actual de Dodger, menos una de las estrellas, que haya venido al campo y haya hecho eso”.

Al mismo tiempo, Puig es el único jugador en el clubhouse de los Dodgers a quien la prensa no puede acceder todo el tiempo, negándose a dar entrevistas a menos que el personal de PR lo da un empujoncito a él o que su portero, quien también sirve de “supervisor y anfitrión VIP” con SBE Entertainment de Sam Nazarian, le dé la aprobación. Estando frente a un reportero, Puig entrecerrará los ojos, lo cual hará que se vea como el último peso pesado Floyd Patterson o sonreirá con suficiencia, lo cual evocará al cómico Tracy Morgan, y dirá algo como que está muy contento siendo un Dodger. Después de dos meses de negociaciones, logré asegurarme nueve minutos con él en la ruidosa cocina del café Homegirl, en el barrio chino, durante la caravana del servicio comunitario de pretemporada del equipo.  Puig se había quitado sus joyas de oro y se puso una redecilla para prestar ayuda a los pandilleros en recuperación que cocinan allí; estaba interrumpiendo su primera degustación de una barra de limón. Parecía poco probable que revelara algo en esas circunstancias, pero cuando le pregunté sobre sus publicaciones, generalmente tarde por la noche, en Twitter e Instagram en la última temporada, cómo parecía perderse en las batallas de fútbol de los videojuegos hasta altas horas de madrugada, Puig admitió que algunas veces luchaba para conciliar el sueño, que cerrar los ojos lo invitaba a demasiados pensamientos.

Hay un dicho en Cuba, Puig me dijo: “Dormir es cuando te toca a morir”. La frase pierde algo de sentido en la traducción, pero no mucho: La traducción en inglés sería “Sleep is when it’s your turn to die”. “Por eso”, continuó en español, “duermo con un ojo abierto”. Estuve tentado de indagar más, de preguntar si la intranquilidad que lo mantenía despierto tenía algo que ver con su fuga, pero estaba muy seguro de que terminaría conmigo si lo hacía. En su lugar, le sugerí que continuáramos con la conversación en el entrenamiento de primavera. Puig aceptó, pero cuando lo vi el mes siguiente en el vestuario en Camelback Ranch, actuó como si nunca nos hubiésemos visto y, durante tres días seguidos, se negó a hablar con conmigo. Al poco tiempo me enteré de algunos detalles que explicarían su cautela.

Aún después de que firmara con los Dodgers, después de que los millones comenzaran a entrar y que se había resguardado en uno de los lofts más nuevos de gran lujo en el centro de Los Ángeles, la fuga de Puig aún lo estaba persiguiendo. Según consta en las actuaciones judiciales y en las entrevistas, los contrabandistas—quienes habían salido con cargos por mora como si el motel de Isla Mujeres fuera un corralón—no paraban de exigirle dinero. Cuando Puig fue rescatado, la mafia fue para cobrar.

Hacia finales del verano de 2012, uno de sus secuaces apareció en Miami, en Olofi Discount & Articulos Religiosos, una tienda de Santería que había abierto Despaigne. Él arrinconó a Despaigne, quien recordó haber tenido una pistola presionándole su hígado, un detalle anatómico curioso pero un boxeador sabe dónde duele. “El hombre…me dijo que le dijera a Puig que si no les pagaba, lo matarían”, Despaigne declaró.

Uno de los contrabandistas también llamó a la madre de Despaigne, Idalia Diaz, quien aún vive en Cuba, en las afueras de Cienfuegos en un barrio en donde los caballos pastan y los hombres sin camisa juegan al dominó en las calles. “Él me pidió la dirección de la familia de Yasiel Puig”, dijo Diaz, quien me contó la historia en su sala, con paredes de cemento pintadas de color durazno. “Le dije: ‘Mira, no te puedo dar la dirección. No la sé’. Él insistió, “Tienes que decirme dónde vive Yasiel Puig'”.

Hay un dicho en Cuba, Puig me dijo: “Dormir es cuando te toca a morir”. La frase pierde algo de sentido en la traducción, pero no mucho: La traducción en inglés sería “Sleep is when it’s your turn to die”. “Por eso”, continuó en español, “Duermo con un ojo abierto”.

Ella no entendió la urgencia—Despaigne, sabiendo que su madre se preocuparía, la había mantenido afuera de todo esto —pero las llamadas eran constantes. “Él me dijo: ‘Vamos a idarle candela a la casa de Yasiel Puig’, dijo Diaz, ‘y si no me dices dónde queda, vamos darle candela a la tuya también'”.

Esto fue demasiado para Despaigne. Él llamó a Puig y le suplicó que resolviera este lío. En ese entonces, según las actuaciones judiciales, Puig ya le había pagado a Pacheco y a otros tres más de $1.3 millones. Si bien no se puede comprobar esta suma, y el abogado de Puig argumentó que esos detalles no eran más que un “atentado superfluo a la reputación de Yasiel”—Despaigne expresó que las transacciones se negociaron en su presencia. Cuando Despaigne llegó por primera vez a Miami, vivió con Pacheco hasta que Pacheco fue arrestado, aunque no condenado, nuevamente acusado de robo.

En la declaración de Despaigne, él afirmó que Puig le pagó $300,000 a Pacheco, quien formó una sociedad, Service Sport Miami, dos semanas después de que Puig firmara su contrato con los Dodgers. En la declaración también se afirmó que Puig pagó entre $400,000 y $500,000 a Alberto Fariñas, el vicepresidente de 49 años de edad de la compañía de Pacheco T&P Metal, y $600,000 a un abogado de Miami, Marcos Gonzalez. Finalmente Despaigne afirmó que Puig pagó un porcentaje desconocido de su contrato a su representante, lo cual era esperado, y un porcentaje igual a un hombre llamado Gilberto Suarez, que formó la sociedad Miami Sport Management a principios de 2013.

Después de que Despaigne llamó a Puig, Puig supuestamente llamó a Suarez. Despaigne era un pasajero en el automóvil de Suarez durante esa conversación y afirmó haber escuchado mientras Puig le pedía ayuda a Suarez para detener las amenazas. Suarez, según la declaración de Despaigne, le dijo a Puig que no se preocupara: Él haría que se “neutralice” a Leo, el capitán de los contrabandistas.

Lo que pudo haber sido solo una fanfarronada—para impresionar a Puig, o apaciguar a Despaigne—inmediatamente después resultó difícil de descartar. Un mes más tarde, según la declaración, Suarez llamó a Despaigne, para ofrecerle pruebas de que “se había ocupado de los problemas”. Al preguntarle qué significaba eso, Suarez le dijo a Despaigne que buscara en Internet el nombre de Leo. Y allí estaba, en un sitio de noticias de México, aunque deletreado fonéticamente: Ejecutan al cubano Yandris León Placía, mafioso buscado por tráfico de ilegales en Cancún.

 

El 3 de octubre de 2012, en un exclusivo distrito de Cancún, se había encontrado el cuerpo de Leo al costado de la calle acribillado con 13 balas. Cinco de las heridas eran en su espalda, lo cual hizo especular al periódico de Yucatán Quequi que sus asesinos lo habían “venadeado”—un término del argot de la hampa para permitirle a la víctima que corra y pueda ser cazado.

Como Despaigne fue rápido para reconocer, no tiene pruebas de que los financistas tuvieran que ver con el asesinato de Leo. De hecho, él cree que ellos finalmente le pagaron toda la deuda a los contrabandistas. En ese momento, aunque, Despaigne no sabía qué pensar, más que esperar que fuera todo una casualidad de coordinación del tiempo, que Suarez simplemente se había tomado crédito de la noticia. Las autoridades de México al poco tiempo arrestaron a Tomasito, el contrabandista a quien la prensa local llamaba “uno de los autores intelectuales” del asesinato de Leo. Pero Tomasito, acusado solamente por sus delitos de robar embarcaciones, al parecer le dijo a las autoridades que Leo había sido asesinado durante una transacción de drogas por alguien conocido como “La Figura”.

Para estar seguro de que este “Leo” era el mismo contrabandista que había tenido cautivo a Puig, le mostré a Despaigne una foto de la escena del crimen que había acompañado a una de las historias. Sabía que la imagen era espantosa, un hombre pulcro en camisa de Aéropostale, sangrando por la comisura de su boca, pero no estaba preparado para la reacción. Despaigne cerró los ojos. Escondió su cabeza entre sus gigantes manos. Tomó un sorbo de ron. “ Coño”, dijo finalmente. “Es tan—tan joven”.

Cuando la temporada 2013 finalizó, después de que el apasionante giro de los Dodgers había desbaratado en los playoff, Ned Colletti citó a un grupo de jugadores, uno a la vez, para conversar en privado. El GM había tratado de resolver qué decir a Puig, alguien cuya historia, según admitiera, resiste una simple prescripción. “Lo que sea que haya pasado y cualesquiera fueren los desafíos y las frustraciones, a menos que hayas pasado por ello”, me dijo Colletti, “no creo que podamos entender completamente”.

Comenzó felicitándolo a Puig por un año increíble, por atravesar tantas experiencias nuevas, todo a un paso vertiginoso. “Quiero que tengas una excelente vida”, le dijo Colletti. “Tú eres alguien que trae mucha alegría a mucha gente”. No obstante, según Colletti le recordara a Puig, ya no era un novato, un niño desorientado en la vida. “Has venido a un lugar diferente en tu vida”, dijo Colletti. “Quiero que pienses en el futuro. Estar listo. Ser sabio”.

Puig asintió con la cabeza. Él intentaba, pero era muy difícil. “Desde dónde vengo”, Puig le dijo a Colletti, “no piensas mucho acerca del futuro”.

En diciembre, la misma semana en que cumplió 23 años, Puig se convirtió en padre (aunque no con Yeny, su amor de Cienfuegos. Su hijo, Diego, tenía solo 20 días de edad cuando policía lo arrestó a Puig mientras volaba por el pantano de Florida, de Miami a Orlando, a 110 mph; Puig llevaba a su madre, quien se había de Cuba para ese momento, para conocer a su nieto. “¿Es tu madre?”, se puede oír al policía preguntarle a Puig en una grabación capturada por la cámara del panel. “Oh, demonios, no”.

“Oficial, lo siento”, dice Puig, saliendo en pantalones cortos de color rosa fuerte.

“Si no le importa la vida de su propia madre”, el policía le preguntó varias veces, “¿que vida le va a importar?”

Al ser dejado solo en la parte trasera del patrullero, Puig vocifera, fuera de cámara, frustrado. Es la voz de alguien que ha viajado lejos pero sigue regresando al mismo lugar. “¿Por qué pingas tienes que manejar tan rápido, Puig?”, se grita a sí mismo en español. “Tienes que aprender, compadre”.

Había otro problema más para Puig en ese mes: el detorio de su amistad con Yunior Despaigne. Ellos habían superado un abrumador viaje juntos, dos atletas suspendidos cubanos que buscaban un nuevo comienzo, pero ahora Puig era un multimillonario y Despaigne, el nexo entre Miami y Cienfuegos, no podría evitar sentirse abandonado. La tienda de la Santería fue un fracaso. Una noche en el Resort Miccosukee, un casino indio en la periferia de Everglades, Despaigne supuestamente arrebató un ticket de juegos de $300.60 a otro jugador y resultó esposado, también.

Discretamente había comenzado a colaborar con los abogados de Corbacho Daudinot unos meses antes, informándoles detalles que solo alguien cercano a Puig podía saber. Incluso el abogado de Puig admitió que “no es como si el hombre inventara toda la fabulación”, pero desestimó a Despaigne como alguien que se colgaba y sobre cuyos motivos “solo podemos especular”. Despaigne insistió que no tenía un interés financiero, él es un testigo, no un demandante, y que estaba motivado no por la animosidad pero sí por la reciprocidad, en nombre de aquellos que pagaron por las aspiraciones de Puig.

Después de que Puig se diera cuenta de que Despaigne estaba trabajando contra él, sin embargo, su pelea se volvió vengativa. De regreso en Cuba, un ex compañero de Puig, el lanzador de Elefantes Noelvis Entenza, informó a la seguridad de que había recibido una oferta de desertar. El sospechoso fue el hermano menor de Despaigne, Tito, quien fue arrestado por alentar al lanzador para que “abandonara el país de manera ilegal”. Si bien la participación de Puig, en caso de que la hubiera, no era clara, Despaigne reconoció el patrón. Con la ayuda de los abogados de Corbacho Daudinot, se apresuró a redactar la declaración, consciente de que sus fuertes acusaciones avergonzarían a Puig. Fue lo mejor que pudo hacer por Tito, que está enfrentándose a una condena de hasta 12 años en prisión por un delito que es difícil de desentrañar: los daños colaterales de dos gobiernos tenaces, dos evangelios del béisbol enfrentados.

La última vez que hablaron, Puig supuestamente le dijo a Despaigne, “Haz lo que vayas a hacer, pero luego no llores por las consecuencias”. Fue una amenaza pero también una advertencia, y quizás una epifanía.

Jesse Katz es escritor y colaborador para Los Ángeles. Su última obra, Freeway Ricky Ross, se publicó en la edición de junio de 2013.


Este reportaje se publicó originalmente en la edición mayo de 2014 de Los Ángeles.