Escape de Cuba: El Viaje Nunca Antes Contado de Yasiel Puig a Los Dodgers

La impactante historia del jugador más polémico de las Grandes Ligas de béisbol
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Su testimonio se usaría más tarde contra uno de los supuestos intermediarios, Miguel Ángel Corbacho Daudinot. A pesar de que proclamó su inocencia, Corbacho Daudinot fue sentenciado a siete años en la prisión cubana por plantear una “especial peligrosidad social”. Esos documentos están incluidos en una demanda federal presentada por los abogados de Corbacho Daudinot el pasado verano en Miami, alegando que los guardias cubanos lo han sometido a interminables horrores y que Puig y su madre, al entregarlo a los autoridades, violaron la Ley de Protección de Víctimas de Tortura. La demanda les exige $12 millones. Como proposición legal, la idea de que un ciudadano cubano condenado en un tribunal cubano y cumpliendo su sentencia en una prisión cubana pudiera tener un reclamo válido aquí parecería bastante increíble. “Esta demanda no tiene nada que ver con los Estados Unidos”, el abogado de Puig, Sean Santini, escribió en una solicitud de desestimación, que aún está pendiente junto con la demanda.

Pero la alternativa—que Puig, un futuro desertor, fue víctima de un supuesto complot de deserción—no es mucho más creíble. La demanda lo describe como un oportunista que conspiró para enviar a al menos otros tres supuestos traficantes a prisión; Puig quería “hacerse pasar por un ciudadano cubano leal y confiable”, dice, incluso mientras tramaba su propia fuga. Una visión más benévola de Puig expresa la presión bajo la cual vivía: Si te están acosando con ofertas para escapar, ¿cómo sabes en quién confiar y cuándo hacerlo, sin terminar tú mismo en la cárcel?

Parece improbable que la oferta más atractiva viniera de Raúl Pacheco, el presidente de 29 años de dos compañías de Miami, T&P Metal y PY Recycling. El acta judicial muestra que Pacheco fue arrestado en el 2009 por intento de robo después de pedirle a un amigo que lo ayudara a quitar una unidad de aire acondicionado. Al llegar a la ubicación, Pacheco sacó una tijera cortapernos. “No te preocupes”, le dijo a su amigo, según el informe policial, “ya les he robado a estas personas antes”. Lo volvieron a arrestar en el 2010 después de comprar $150 de cerveza en un supermercado con una tarjeta de crédito fraudulenta del Bank of America. La policía encontró otras cuatro tarjetas de crédito falsas y una identificación falsa de Florida en su billetera. Fue sentenciado a dos años de libertad condicional. Cuando marqué el número de Pacheco, obtuve una grabación que decía que “no está tomando llamadas en este momento”.

Aunque Pacheco no conocía a Puig, sabía que los equipos de los Estados Unidos se estaban prácticamente matando por los talentos cubanos: desde el 2009, por lo menos 20 desertores han firmado contratos de MLB, que valen más de $300 millones. Antes de que abandonara Cuba, Pacheco se había hecho amigo de Yunior Despaigne, y sabía que el boxeador, a quien habían quitado del equipo nacional por sospechas de riesgo de deserción, era amigo de Puig. “Me acerqué a Puig con la oferta de Pacheco”, dijo Despaigne en una declaración jurada que los abogados de Corbacho Daudinot presentaron en diciembre. “Si Puig aceptaba la oferta, tendría que devolverle a los inversores financieros el costo de sacarlo de Cuba, y darles el veinte por ciento (20%) de cualquier contrato futuro que celebrara con las grandes ligas”.

Despaigne tenía dudas sobre si pasar el mensaje, conociendo la supuesta reputación de Puig como informante, pero Despaigne tenía su propio incentivo: un viaje gratis en la misma embarcación. La tarifa de salida para un cubano promedio era de $10,000. “Le dije ‘Sé que estás con seguridad estatal, y que enviaste a muchas personas a la cárcel’ y mencioné algunos de los nombres”, dijo Despaigne en la declaración jurada. “Puig asintió con la cabeza y dijo, ‘Sí, ¿y qué?’ ” Despaigne le recordó a Puig que los dos tenían mucho que perder. “Si me delatas”, le dijo a Puig, “yo también te delataré”.

Una calle lateral cerca de su pueblo natal en Cuba. Fotografía por Jesse Katz

Habiendo resuelto eso, Despaigne le dio a Puig algunos cientos de dólares que supuestamente le había enviado Pacheco—los primeros de un monto que llegaría a los $25,000 o $30,000 en calidad de anticipo. A partir del 2011, según la demanda, el dinero ayudó a cubrir al menos cinco intentos de fuga. El primero se vio frustrado cuando la policía detuvo el auto de Puig y Despaigne. En el segundo, la lancha nunca llegó. La tercera vez, la policía hizo una redada de su refugio y los detuvo durante seis días. En su cuarto intento, en abril de 2012, lograron salir al mar, pero una embarcación patrullera de la Guardia Costera de los Estados Unidos, la Vigilant, según informó primero Yahoo Sports, interceptó el barco cerca de Haití.

El traductor de la Vigilant, Carlos Torres, interrogó a los emigrantes: “Dijeron algo así como, ‘Este tipo es tal—Yasiel Puig, es un jugador de béisbol—y hay gente allá que lo está esperando’”. Al que llaman Puig era más un linebacker que un jardinero, de seis pies tres de altura y un peso de 210 libras, con “músculos sobre los músculos”, comentó Torres cuando me puse en contacto con él. Su curiosidad lo llevó a la computadora de la embarcación, y se encontró con una foto de Puig en su uniforme verde de los Elefantes. “Era obvio que era él”, comentó Torres, que le pidió a Puig que firmara el único equipo relacionado con los deportes que tenía a bordo: una pelota de tenis. Puig, por su parte, tenía sus propias preguntas para hacerle a Torres. “Me preguntó qué tipo de casa tenía, que tipo de auto manejaba, si miraba televisión, si salgo a cenar a restaurantes”, contó Torres. “Eran cosas básicas que uno da por sentado”.

Según la política aparentemente arbitraria de los Estados Unidos sobre emigrantes cubanos—conocida como “wet foot, dry foot” [“pies secos, pies mojados”]—Puig hubiera sido instantáneamente bien recibido si su barco lo hubiera llevado a las costas estadounidenses. Toda persona que logre escapar de la isla de Castro obtiene un pase libre, si eviten ser detectados. Si los atrapan en alta mar, pierden su oportunidad. La tripulación de la Vigilant, los primeros estadounidenses en obtener el autógrafo de Yasiel Puig, se vieron obligados a devolverlo al país del que acababa de escapar.

Al final de su declaración jurada de diez páginas, un documento que tenía la intención de reforzar a Corbacho Daudinot y minar a Puig, Yunior Despaigne escribió: “Me preocupa que me pueda pasar algo como resultado de mi cooperación”. Cuán receloso sería Despaigne, cuán instintivamente podría reaccionar un boxeador de 26 años ante un extraño llamando a su puerta, era algo que me daba qué pensar mientras conducía por los suburbios de inmigrantes al oeste de Pequeña Habana, en Miami, hacia la casa adosada que alquila en un complejo de 146 unidades. Si iba a prestar credibilidad al recuento de Despaigne, quería escucharlo yo mismo.

Abrí la cerca del patio, en donde un par de pesas llamaron mi atención, y llamé a la puerta. Es difícil decir quién estaba más sorprendido al abrirse la puerta: Despaigne es una versión más larguirucho de Puig, alrededor de una pulgada más alta y un par de libras más ligero, con manos que parecen manoplas para horno. Le preocupaba hablar sin un abogado presente—llamó a su abogado mientras yo permanecía parado en los escalones de entrada, y el abogado le dijo que me despidiera—pero Despaigne aún mantiene la calidez de una cultura con pocas barreras, en donde la escasez asegura que todo se comparta. “No tengo nada en contra de Puig”, dijo, haciéndome entrar con una sonrisa que mostraba sus dientes separados. “Es solo que tiene que aprender a valorar a la gente, a entender lo que valen”.

Según cuenta Despaigne, para su quinto intento de fuga se les sumó la entonces novia de Puig, Yeny, con ojitos de Bambi y un corazón espinoso tatuado en el trasero. “Las mujeres con pasado y los hombres con futuro son las personas más interesantes”, escribió ella hace poco en Facebook, en donde cada foto que publica haciendo gala de sus curvas obtiene cientos de “likes”. El otro viajero, Lester, era el santero, no menos llamativo con su peinado estilo pompadour con rayitos y pantalones de tiro bajo sujetado con un lazo. “Hizo una ceremonia para nosotros: sacrificó la gallina, recitó las oraciones, toda la cosa”, contó Despaigne, que solía salir con la hermana de Lester. “Necesitábamos toda la ayuda que pudiéramos conseguir”.

Después del viaje de tres horas en auto desde Cienfuegos hasta Matanzas, partieron a pie hacia la orilla, caminando de noche, escondiéndose durante el día, y llegando al fin a un grupo de cayos cubiertos de mangles. Aunque México no era su destino final, Puig no podía darse el lujo de tomar el camino directo a los Estados Unidos. MLB trata como amateurs a los jugadores nacidos en el exterior que inmigran sin un contrato; solo puede negociar con el equipo que lo elige. Al declararse como un agente libre antes de su llegada, un jugador puede considerar a todos los que se le acercan; la diferencia vale millones. La ley federal, por supuesto, les prohíbe a los estadounidenses pagarles a los cubanos con dinero—o “comercio con el enemigo”—así que un jugador de béisbol como Puig no solo tiene que desertar, sino también establecer residencia legal en un país en el que no tiene intención alguna de vivir.

Los traficantes que habían ido a buscar a Puig llevaban años transportando cubanos a México. Despaigne se acordaba de la mayoría de sus nombres, y cuando hice una búsqueda, no tuve problemas para encontrar sus rastros. El capitán era Yandrys León, de 35 años, conocido como “Leo”. Había abandonado Cuba con su familia a mediados de la década del 2000 y se había instalado en un rincón rural de Florida, en donde su hermana y padres consiguieron trabajo en una planta procesadora de pollo. Pero Leo no estaba hecho para desplumar pollos en una línea de ensamblaje. “Camina su propio camino”, había testificado el prometido de su hermana algunos meses antes de que Puig subiera a bordo de la lancha de Leo. En ese momento, de hecho, los agentes de los Estados Unidos con Investigaciones de Seguridad Nacional estaban buscando a Leo. Su juicio, por supuesta extorsión de $40,000 de una familia de emigrantes que había mantenido prisioneros, comenzaba en septiembre. United Press International lo llamaría más tarde “uno de los capos más importantes de la mafia cubano-americana”.

Leo compartía sus tareas con Tomás Vélez Valdivia, de 40 años, conocido como “Tomasito”. Estaba en la lista de los “más buscados” del procurador general de Florida por haberse robado un camión volquete. Después de un arresto en el 2005, se fugó estando bajo fianza y volvió a aparecer en Isla Mujeres, en donde aparentemente desarrolló una especialización náutica: transportar emigrantes en barcos robados, y después repintar y volver a registrar las embarcaciones con documentos fraudulentos. “Para ello, contaba con el amparo de las autoridades de la insula, quienes lo conocian y sabían de sus actividades y que nunca lo detuvieron”, reportó el diario ¡Por Esto!, basado en Cancún.

A Tomasito, a su vez, se le sumó su hermano menor, Ricardo Vélez Valdivia, también conocido como “The Younger” [“El Menor”]. Anteriormente, había sido secuestrado por una célula del cártel de los Zetas, que exigió un pago por atravesar sus tierras. Cuando los Zetas lo liberaron, según varias fuentes de noticias, a The Younger le faltaba un dedo.

A las 2 a.m., acelerado por Mountain Dew, White despertó a Paul Fryer, otro scout de gran nivel de los Dodger que había viajado a México y diseñó su plan: siete años y $42 millones, un record para un desertor cubano.

Junto con otros dos cómplices—“The Chinaman” [“El Chino”] y “The Hungarian” [“El Húngaro”]—los contrabandistas guiaron al grupo de Puig a los muelles de Isla Mujeres, un ex pueblo de pesca que atrae a los vacacionistas cansados del incansable Cancún. Despaigne no se acordaba del nombre de su motel, solo que estaba bien alejado del camino de los turistas. “Del tipo”, dijo, “al que irías con una prostituta”. A excepción de cortos respiros en la turbia piscina del patio, estaban confinados a una sola habitación: Puig y Yeny en una cama, mientras Despaigne y Lester, más pequeño por unas cien libras, compartían la otra “con una barrera de almohadas entre nosotros”, contó Despaigne.

No había nadie que los vigilara, pero tampoco tenían a dónde ir. Estaban en México ilegalmente, llevados allí por una pandilla que parecía gozar del favor de la policía mexicana. Si tan solo eran pacientes—si ese Pacheco cumpliera—las perspectivas de rentabilidad de Puig les garantizarían a todos un paso seguro. Sin embargo, los contrabandistas estaban en el negocio por las ganancias inmediatas, no por las futuras. Pronto, su impuesto diario sobre Puig aumentó la cuenta a más de $400,000. Si al principio sus amenazas habían sido hechas como tácticas—paga o haremos una locura—ahora se gruñían con verdadera frustración. “Es un negocio sucio, por supuesto, pero son profesionales”, me dijo Despaigne. “El problema era que no les habían pagado”.

Al entrar la confrontación en su tercera semana, los contrabandistas comenzaron a buscar por otros lados para recuperar sus gastos. Se les ocurrió la idea de subastar a Puig. Si un agente de deportes estaba en posición de obtener una porción importante del contrato de Puig—el estándar de la industria es el 5 por ciento—¿qué estaría dispuesto a pagar por anticipado para obtener a Puig como cliente?

En Los Ángeles, sonó el teléfono de Gus Dominguez. “La primera cotización fue $175,000, después aumentó desde allí”, dijo Dominguez, un exrepresentante que ahora consulta con TopTen Sports International. Sabía que debía tener cuidado. En 2007, Dominguez fue condenado a cinco años de prisión por transferir $225,000 a un intermediario en México. El gobierno de Estados Unidos lo denominó contrabando.  Dominguez insistió en que estaba protegiendo a un cliente cubano, el ex infielder de Se­attle Mariners Yunieksy Betancourt, quien no cumplió con la promesa de pagarles a sus transportistas un porcentaje de su contrato; amenazaban con romperle las piernas a Betancourt si Dominguez no cancelaba la deuda. “Lo que atraviesan los jugadores hasta llegar allí”, me dijo Dominguez, “no está bien, no es justo”.

En el norte de la Ciudad de Nueva York, también sonó el teléfono de Joe Kehoskie. “La primera llamada fue por $250,000, y al otro día, el precio era de $500,000”, dijo Kehoskie, un exrepresentante y consultor. Había recibido llamadas similares antes—la mayoría de los representantes de los clientes de América Latina reciben—a pesar de que las normas MLB sobre “ incentivo inapropriado” les prohíbe pagar cualquier cosa para ganar el negocio de un jugador. “Nadie va a Cuba y saca a un joven como Yasiel Puig”, me dijo Kehoskie, “y simplemente lo entrega a un representante por la bondad de su corazón”.

A medida que se devengaban intereses y subía el temperamento, Pacheco finalmente tomó acción. La demanda alega que él, con la ayuda de varios otros financieros diferentes a los de Miami, contrató un grupo de hampones para descender en Isla Mujeres. En un escenario que pudo haber sido prestado de una gran cantidad de guiones, atormentaron el motel y, de acuerdo con la documentación judicial, “montaron un secuestro”. En unos días, Puig estaba haciendo probándose en la Ciudad de México.

El veterano cazatalentos Mike Brito de los Dodgers, él con el famoso sombrero Panamá, recibió las noticias directamente de su antiguo país natal. “Ese muchacho que te cae bien. Acaba de escapar de Cuba”, le dijo su hermano, que todavía vive en la isla de la que Brito huyó hace décadas, de acuerdo con el informe de CBS Sports.

A pesar de que Cuba prohíbe a los equipos estadounidenses buscar nuevos talentos allí, Brito había visto a Puig en Canadá, en un torneo sub-18 y juró no perder los rastros de ese muchacho. Ahora hizo sonar la alarma, pidiéndole a Logan White, vicepresidente de la búsqueda de talentos amateurs de los Dodgers, que se tomara el siguiente vuelo a México. Puig no se encontraba en la mejor forma—no había jugado durante un año—y se negaba a hacer algo más extenuante que practicar batear. Pero también había algo en su estado físico, un indicio de velocidad, la amenaza de explosividad, que deslumbró a White. “Decía, ‘Dios mío, este muchacho es especial’”, recordó White

Si los Dodgers iban a hacer un trato, debía ser rápido. En menos de una semana, cada equipo enfrentaría un nuevo límite de $2.9 millones sobre los bonos que podía pagarles a jugadores internacionales tan jóvenes e inexpertos como Puig, lo que aseguraba que se comprometería con un equipo para ese entonces. White tenía una única oportunidad para elaborar un trato que fuera imposible de rechazar. Eso significó ganarse no se solo a Puig sino también al representante Jaime Torres, un favorito entre los cubanos recien llegados, quien para ese momento ya había conocido a Puig en Cancún, según la declaración de Despaigne. (Torres, quien insiste que nunca ha tratado con contrabandistas y que ya no es el representante de Puig, ha negado a comentar cómo Puig llegó a México.) A las 2 a.m., acelerado por Mountain Dew, White despertó a Paul Fryer, otro scout de gran nivel de los Dodger que había viajado a México y diseñó su plan: siete años y $42 millones, un record para un desertor cubano.

“¿Perdiste la chingada cabeza?” Preguntó Fryer.

“Mira”, insistió White, “si no tienes agallas para esto, dímelo ahora”.

La firma, cuatro días antes de que el límite de gasto del 2 de julio entrara en vigencia, causó burlas de toda la liga. ESPN denominó al trato como “una bizarra reacción exagerada”. Un cazatalentos le dijo a Baseball America, “No sé qué está pasando en Dodgerlandia”. Los Dodgers querían tanto a Puig como también querían enviar un mensaje a los aspirantes de toda América Latina, una región que el club una vez dominó. Después de los días oscuros de la era McCourt, los fondos del equipo estaban llenos nuevamente. “Estamos de vuelta en los negocios”, dijo el gerente general Ned Colletti.

Para apoyar a Puig en su transición, los Dodgers lo ubicaron en el equipo de Arizona Rookie League y lo colocaron en pareja con un mentor, un entrenador de lucha de secundaria llamado Tim Bravo, cuyo puesto oficial era de “director de asimilación cultural”. Sus primeros días juntos, la primera vez que Puig estaba en suelo estadounidense, era todo asombro, todo tan nuevo y diferente, incluso en el insulso desierto de Camelback Ranch. “Hace todo rápido, todo con potencia, todo con exuberancia”, me dijo Bravo. “Intenté mantenerlo fuera de los problemas, pero no siempre era fácil. Él decía, si, si, si, y yo decía, no, no, no”.

Puig descubrió las continuas comodidades de Denny’s, regresando día tras día para pedir bife y huevos. Cambiando de canales, se topó con los Tres Chiflados y pasó horas sintiéndose tonto.  Debía aprender no solo ingles sino también los conceptos básicos del consumismo: dar propina, usar un cajero automático, leer etiquetas, bombear gas. “Me da pena decir esto pero le enseñé a manejar”, dijo Bravo. “Tomábamos mi auto alquilado inmediatamente después de la práctica para conducir por el estacionamiento de Camelback. Hacíamos todas las cosas que le enseñarías a un adolescente”.


Este reportaje se publicó originalmente en la edición mayo de 2014 de Los Ángeles.